Ángel
Manuel Rodríguez
Los
cristianos, ¿deberían participar de la guerra? ¿Cuál es
la posición de la iglesia?
La
Iglesia cristiana ha reflexionado acerca de la guerra y las actitudes
que los cristianos deberían tener hacia ella desde hace siglos.
Desafortunadamente, no estoy seguro de que pueda dar una respuesta específica
a sus preguntas, pero déjeme considerar algunas cosas.
1. La guerra como un constante
fenómeno social. Tanto como el fenómeno del pecado
sea parte de la experiencia humana, la guerra, hasta cierto punto, caracterizará
la vida social y la relación entre las naciones (Mat. 24:6). Los
hombres siempre han vivido bajo la amenaza o la realidad de la guerra;
la paz absoluta en el mundo es una utopía, tal como lo demuestra
la historia humana.
2. La guerra siempre es mala.
Deberíamos reconocer también que no existe tal cosa
como una guerra justa. Sólo Dios, que es todopoderoso y amoroso,
puede definir y realmente llevar a cabo una guerra cuyo resultado sea
la paz permanente. Los intentos cristianos de definir las condiciones
bajo las que sería adecuado participar de la guerra ha dado lugar
al concepto tradicional de la guerra justa. Este concepto provee algunos
lineamientos que podrían ser útiles para los cristianos,
pero no debe dar la impresión de que, bajo ciertas circunstancias,
la guerra puede ser moral o religiosamente justificable. La iglesia debe
insistir siempre en lo maléfico de las guerras humanas.
3.
Promover la paz y la reconciliación. La persistencia de las
guerras fuerza a la iglesia a pensar en cómo relacionarse con este
mal social. En este contexto particular, la gran función de la
iglesia es promover y apoyar la paz y la reconciliación (Mat. 5:9).
Así es que la iglesia debe luchar contra la guerra, una tarea sin
fin en un mundo de rebelión y agresión. La iglesia siempre
debe tener la voluntad de servir a las dos partes involucradas en un conflicto
potencial o real, e intentar evitarlo o finalizarlo.
4.
Proveer instrucción a los feligreses: También deberíamos
reconocer que, en algunos casos, la participación de los miembros
de iglesia en la guerra es inevitable. Por lo tanto, se los debe invitar
individualmente a reflexionar en cómo deberían relacionarse
con este fenómeno. Es la responsabilidad de la iglesia brindarles
orientación para que puedan determinar qué hacer como cristianos.
Deberíamos
oponernos al belicismo. Si la función de la iglesia en el contexto
de la guerra es hablar de paz y reconciliación, debe promover el
antibelicismo entre sus miembros, basada en la enseñanza bíblica
del valor de la vida humana. Los miembros que no desean participar de
ninguna manera de la guerra, a toda costa, deberían encontrar apoyo
emocional y espiritual en la iglesia, para poder permanecer fieles a su
llamado.
Es
la responsabilidad de la iglesia promover la importancia de obedecer a
Dios entre los feligreses que, por alguna razón, tienen que cumplir
con el servicio militar. La lealtad a Dios debe estar por encima de la
obediencia a los hombres. Cuando el servicio militar esté en abierto
conflicto con las convicciones religiosas, Cristo y su iglesia esperan
que los feligreses se mantengan leales a Dios. Debemos desear entrar en
diálogo con los organismos oficiales del gobierno, en un esfuerzo
por obtener para nuestros miembros el derecho de practicar sus convicciones
religiosas mientras sirven al ejército.
5.
Los miembros determinan el alcance de su participación. El
alcance de la participación de los feligreses en una guerra es
un asunto entre ellos y Dios. Aunque la iglesia no debería dar
la impresión de que ciertas guerras son justificables, y por lo
tanto justas, debe reconocer que, en algunas situaciones, los miembros
pueden percibir que tienen que elegir el menor de dos males, y que cualquiera
de ellos pude requerir su participación en un conflicto defensivo.
En esos casos, los feligreses pueden beneficiarse al examinar los principios
de la guerra justa, sin concluir que la guerra en sí misma, o su
participación en ella, es moralmente justificable.
Entre
los principios de la guerra justa que podrían serles útiles,
se sugieren los siguientes: (1) El propósito final es la paz; (2)
la guerra es el último recurso; (3) la violencia debe limitarse
a los que portan armas; y (4) debe utilizarse el mínimo de fuerza
necesaria para la victoria. Estos elementos establecen algunos parámetros
que ayudarán a que la guerra sea menos inhumana, e intentar seguir
el llamado de Jesús de amar a nuestros enemigos (Mat. 5:44).
Mientras
tanto, anhelamos un futuro donde no habrá más guerra ni
muerte (Isa. 2:3, 4).